EDICIÓN 2454, DE CORRIDITO. . . TIEMPOS QUE JAMÁS VOLVERÁN...
- 8 jul
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EDICIÓN 2454, DE CORRIDITO. . . TIEMPOS QUE JAMÁS VOLVERÁN...

Apreciables lectores de este prestigiado Semanario, aquí me tienen de nueva cuenta, con la dedicación y gusto de siempre, para transmitirles el tema de hoy.
Sigo viendo con profunda tristeza -salvo honrosas excepciones, que desde luego las hay- cómo es que los jóvenes de hoy en día carecen de la más elemental educación, pero ¿qué se puede esperar, si a los padres nunca se la inculcaron tampoco? La educación es una, pero por otra parte, de lo que carecen también es de moral, de buenas costumbres y respeto a sus semejantes, por si esto fuera poco, se tornan irascibles y agresivos, importándoles un comino que se trate de hombres o mujeres mayores que ellos.
El otro día vi en Youtube cómo una reportera le preguntaba a un chamaco, como de 16 años, qué estudiaba, le dijo que asistía a una secundaria técnica, le preguntó si recibía ayuda económica del gobierno y dijo que sí, acto seguido le cuestionó qué opinaba de la Presidenta de la República e inmediatamente le contestó “esa que…” (le recordó a la autora de sus días) “¿y por qué?” le volvió a preguntar la reportera “es que todos están en contra de ella y por algo ha de ser”.
No me aparto de la realidad en cuanto a que cada quien es libre de pensar como quiera o como pueda, a lo que voy es que existe una evidencia absoluta de carencia de juicio y criterio propio, pero insisto, si los padres no tienen la más elemental educación, ¿qué les pueden transmitir a sus hijos? ¿Ustedes creen que conocen algo de la Historia moderna? Y no me voy a remontar a la Historia Universal ni a la de México, aquí nomás, de 3 sexenios atrás a la fecha en nuestro país.
Soy asiduo lector de las profecías de Krishna Thakur -que por cierto, sin ser charlatán, allá por 1978 narra su visita a la Ciudad de México, explica su asombro desde que se sube a un taxi y lo lleva a dar un paseo, se maravilla de sus palacios y monumentos, en general de sus colonias y edificios y textualmente dice: “México es bonita ciudad, solo que dentro de aproximadamente 7 años, va a sufrir un sismo, va a haber mucha destrucción y muerte” y en efecto, un 19 de septiembre de 1985 la Ciudad de México sufrió un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter con los resultados que todos conocemos- y las fábulas que se encuentran en una enciclopedia que un día mi papá me regaló y que aún conservo, se llama “El nuevo tesoro de la juventud”, esa fábula habla precisamente del tema de los valores que se obtienen de los padres, trata de un padre regañón, que todos los días le tenía que decir a su hijo que cuando saliera del cuarto, apagara el ventilador, “si no estás viendo la televisión, apágala”, “cierra bien la llave del agua”, “cuando te bañes y te estés enjabonando, cierra la llave”, etc.; su hijo lo oía, pero su papá ya lo tenía harto, se “encabritaba”, “todo el tiempo es lo mismo, ya me tiene harto”, decía, había ocasiones en que simplemente lo tiraba de a loco, se le hizo costumbre estar oyendo todos los días los regaños del papá, cuando este chavo creció, tuvo la oportunidad de ir a solicitar trabajo, le dieron fecha para una entrevista, momento en el cual lo primero que pensó fue: “Qué bueno que ya voy a ganar dinero y pronto me iré de aquí, para ya no estar soportando a mi papá”. Llegada la fecha, antes de salir de su casa, su papá lo miró a los ojos y le dijo: “responde con calma y seguridad aunque dudes, no titubees”, el chavo, fastidiado, no le dijo nada, asintió con la cabeza y se retiró. Al llegar a la dirección que le dieron, notó que no había nadie a la entrada, pero la puerta estaba abierta y con el aire se estaba azotando, entró y la cerró, para que no se siguiera golpeando, se encaminó y para llegar a la oficina había que cruzar un jardín, ahí vio una manguera que estaba tirada en el piso y el agua corría sin control, le echó agua a unas plantas que vio secas de la tierra, al no ver a nadie que estuviera regando las plantas, fue y cerró la llave, continuó caminando y al entrar al edificio el silencio era incómodo, no había nadie en la recepción, solo un letrero indicando que debería subir al primer piso, mientras subía vio una luz encendida aún y cuando entraba la luz del día por una ventana, buscó el interruptor y la apagó, al llegar, varias personas estaban esperando a ser llamadas, unas leían sus papeles, otras platicaban, otros estaban nerviosos, repiqueteaban una pierna y miraban al suelo, cuando lo llamaron, al entrar a la oficina donde lo iban a entrevistar, un tapete estaba doblado y arrumbado a uno de los lados, se agachó, lo desdobló y lo puso en medio, procedió a pasar y el entrevistador tomó sus documentos y sin siquiera revisarlos le preguntó: “¿Cuándo puedes empezar?”, el joven se quedó absorto, no entendía, el entrevistador lo observó por un momento y le dijo: “Aquí no evaluamos con preguntas, observamos comportamientos”, hizo una breve pausa y le dijo: “De todos los que están aquí, ninguno cerró la puerta, nadie evitó que el agua se tirara, nadie apagó la luz a pesar de haber claridad, nadie acomodó el tapete”, lo miró fijamente y le dijo: “tú fuiste el único que lo hizo”, el silencio se hizo pesado, en ese instante algo dentro del joven cambió, no fue orgullo, sino comprensión, recordó cada corrección y regaño de su padre, cada insistencia, momento en el que creyó que su papá exageraba y fue así que entendió que no eran molestias, eran principios.
Lo que parece pequeño, en realidad forma lo que se es cuando nadie lo está mirando, muchos quieren grandes resultados pero rechazan las pequeñas disciplinas que los construyen, muchos hijos creen que sus padres exageran hasta que la vida misma les demuestra lo contrario, la verdadera enseñanza no siempre se siente cómoda, muchas veces es incómoda, repite, insiste, porque está formando algo que aún no se ve, por eso, tú que aún eres niño o adolescente, antes de enojarte y contestar mal, mejor observa, detrás de cada corrección hay intención, detrás de cada límite hay cuidado, detrás de cada palabra que hoy te incomoda, puede estar la puerta que mañana se te abrirá, si tienes a tus padres, valóralos mientras están, porque el día de mañana que entiendas todo, puede que ya no estén para oír que les dices “gracias”.
Mi papá me decía: “mira m’ijo, a mí no me importa que estudies una carrera, si se puede, qué bueno y me daría mucho gusto, pero si no, me sentiré feliz con saber que eres un hombre de bien”.
Hay padres que se niegan a ver la realidad cual es y lamentablemente tarde o temprano conocerán el sabor de la vida como la cuchara conoce el sabor de la sopa, muchas veces uno actuando como los changuitos, “oigo, veo y callo”, ante una determinada situación acaba uno diciendo: “mejor no veo, no oigo y sí callo”, para evitar problemas o arriesgarse a que con justa razón le digan a uno “¿y a ti que te importa?”, -por decirlo de una manera decente-.
Los hijos se crían para que se vayan, no para que se queden, un hijo no llega para quedarse con sus padres toda la vida -hablando de la generalidad y con sus respectivas excepciones, claro-, llega para aprender a vivir sin ellos, pero muchos padres los crían al revés, los crían para que los necesite siempre, le amarran las agujetas de los zapatos a los 8 años, le hacen la mochila a los 12, le pelean con los maestros a los 15, le llaman a su jefe a los 25 para reclamar un ascenso y cuando el hijo cumple 30, sigue durmiendo en la misma cama de cuando era niño, si pone un pocillo de agua a calentar, se le quema, no sabe ir a pagar el recibo de la luz, no sabe estar solo por las noches sin sentir un nudo en el pecho, bueno, total que eso no es amor del bueno, sino una jaula disfrazada de cariño, porque al igual que la humedad, poco a poco el daño avanza, despacio, silencioso, porque un niño que no toma decisiones, se vuelve el día de mañana un adulto que no sabe quién es ni qué quiere, un niño al que siempre se le defiende, se rompe con el primer regaño de su jefe, los padres por su parte también pagan el precio, toda su vida giró alrededor del niño y cuando por fin se va, la casa queda en silencio y ellos no saben qué hacer solos o peor aún, a veces el hijo no se va nunca, se queda por miedo, por culpa o costumbre, se queda enojado sin saber por qué, se pone furioso porque le dan una comida que no le gusta, los culpa de cualquier error en su propia vida, vive con sus padres pero no les habla en la mesa.
De acuerdo a la divulgadora de crianza de origen venezolano Berna Iskandar, los hijos sobreprotegidos se saltan etapas claves del desarrollo y eso repercute indudablemente cuando son adultos, esto no se nota a los 6 años, sino a los 26, cuando ya no hay forma de meter reversa, muchos padres no están preparados para dejarle de dar, dejar de protegerlo de la selva que es la vida.
Hay que empezar desde abajo, dejando que hagan las cosas por sí solos, aunque se sepa que le van a salir mal, que al amarrarse las agujetas les haga nudos ciegos, que así salga a la calle, que se sirva el agua, aunque derrame media jarra sobre el mantel, que vaya solo a comprar el pan, que él solo hable con su maestra cuando tenga un problema con alguno de sus compañeros, que se caiga sin que papá o mamá corran a levantarlo, cada error será para él una clase gratis en la vida, porque cada vez que los papás corren a salvarlo, se interrumpe esa clase, hablen con él como lo hacen con algún amigo de toda la vida, pregúntenle su opinión antes de tomar una decisión que le pueda afectar, denle un poco de dinero y dejen que aprenda a gastarlo y a perderlo y cuando llore por algo que se rompió, no se lo reemplacen luego luego, suéltenle la mano un poco cada año que pasa, a los 5, que se vista solo, a los 10 que se prepare un desayuno sencillo, que a los 15 sepa lavar su ropa, a los 18 que sepa decir que no, pedir ayuda y estar triste sin desmoronarse, y mientras tanto construyan su propia vida en paralelo, recuerden que ustedes también son unas personas enteras, no solo un padre o una madre, porque el día que su hijo cierre la puerta con su maleta en mano, esa puerta va a doler menos si detrás de ella tienen una vida esperándolos, criar bien es enseñarle a irse, sabiendo que puede volver cuando quiera, no porque los necesite, sino porque los quiere, eso es lo único que se queda con ustedes para siempre.
Bueno estimados lectores, aquí le corto, porque creo que ya me extendí más que una sábana en cama “King Size”, hasta la próxima, si el Jefe me da luz verde.





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