EDICIÓN 2447, DE CORRIDITO. . . COSAS DEL RECUERDO…
- 20 may
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EDICIÓN 2447, DE CORRIDITO. . . COSAS DEL RECUERDO…

Apreciables lectores, ¿cómo están? Aguanten, es nuestro clima habitual, todavía nos faltan calores extremos, por lo menos de aquí a agosto, mientras tanto hay que disfrutar de la vida con lo que Dios nos da en abundancia, por lo que respecta a la naturaleza.
Hablando de ésta, les voy a platicar una anécdota: Cuando fui joven, época en la que trabajaba y estudiaba, emparejé mi ciclo vacacional en Pemex con el de las vacaciones de la escuela, lo mismo hizo mi hermana (en aquel entonces ella solo trabajaba, de hecho, también en Pemex) por cierto, sé que vive, pero a raíz de sus actos de codicia, hago de cuenta que no tengo consanguínea en línea directa, ni sobrinos ni nada, pero bueno, esa es otra historia, por cierto muy común entre las familias, con ello aprendí que un hermano no siempre es un amigo, pero un amigo, muchas veces es más hermano.
Remontándome a cuando ella y yo nos llevábamos bien, ahí tienen que agarré mi carro y una mañana emprendimos una aventura, para recorrer el sureste mexicano, llegamos a Villahermosa y fuimos al Parque-Museo de La Venta, lo recorrimos, anduvimos por la ciudad, fuimos a los tacos de cochinita “Chico Ché”, a los churros del mercado Pino Suárez, etc. y al día siguiente tomamos carretera para llegar a Palenque, fuimos a las ruinas, a la cascada de Misolhá y a Agua Azul, que está a unos 100 kilómetros de Ocosingo, por una carretera angosta y sinuosa, pero muy bonita, siempre respetándola, porque cualquier carretera, al igual que el mar, no perdona errores.
El plan fue recorrer la península de Yucatán, entrando por Chetumal, así es de que, después de circular por una inmensa recta de 300 kilómetros, -distancia entre Villahermosa y Escárcega- al llegar ahí, nos desviamos, pasando por Xpujil, que casi casi es la frontera entre los estados de Campeche y Quintana Roo, llegamos a Chetumal, compramos productos de importación y hasta una hielera, que nos hacía falta para llenarla con cocas y hielo para el camino, subimos hacia Cancún, que son a partir de ahí otros 300 kilómetros, pasando por la laguna de Bacalar, Tulum, Xel-ha y Playa del Carmen, hasta llegar a Cancún, visitamos Playa Aventuras y Caracol, que por cierto es de fuerte oleaje, nos hospedamos en un bonito hotel -Carrousel se llama- casi enfrente de la laguna de Nichputé, otro día nos dirigimos a Puerto Juárez, a tomar el “ferri” para visitar Isla Mujeres, nos fuimos en la mañana y regresamos en la última salida por la tarde, regresamos por Chichen Itzá para llegar a Mérida, continuando nuestro recorrido nos desviamos en Calkini, para ver un espectáculo de luz y sonido en Uxmal, visitamos Campeche y sus baluartes, pasamos a Champotón, a comer unos deliciosos camarones, para de ahí dirigirnos hacia Ciudad del Carmen, a matar un poco de chaquistes, yéndonos por la Carretera Costera del Golfo 180, en un tramo de aproximadamente 150 kilómetros, pero ¡qué carretera! Lleva uno como acompañante y mudo testigo al bello Golfo de México, a la derecha, adornado por grandes cocales -en la dirección en que íbamos- hasta llegar a la panga de Isla Aguada, para cruzar a Puerto Real y continuar a Carmen, donde también visitamos la “Playa Norte”, cuando nuestros recursos ya “parpadeaban en rojo”, me dirigí hacia Frontera, Villahermosa, hasta nuestros destinos de origen. Este viaje lo emprendimos una vez más, creo a los 2 o 3 años siguientes, después lo hice con mi esposa, cuando aún no nacían mis hijas, lo he querido hacer con ellas, pero sus actividades simplemente no se los permite, así es de que antes de que Dios me corte el oxígeno, mi intención es ir con ella por lo menos a recorrerlo en el Tren Maya, aunque gracias al Creador aún me siento con el suficiente brío de seguir manejando en carretera.
Retrocediendo un poco en la historia que les acabo de contar, cuando he viajado hacia esas tierras -y no me voy tan lejos- aquí en Mina también, veo que tan grande es Dios al hacerse presente en la naturaleza, las aves con su peculiar canto, las chicharras escandalosas, por decir lo menos, y aunque hay aves de bellos plumajes, existen otras que no tanto, por ejemplo los murciélagos, mamíferos cuya dieta es variada, comen insectos, frutas y pequeños vertebrados, no los estigmatizo, porque también son parte de la naturaleza y contribuyen al ecosistema y a la cadena alimenticia, pero en lo personal son quirópteros que me causan estupor, tienen cara de niño chiquito, tienen pelo, me tocó ver a uno de ellos en vivo y a todo color, resulta que en el primer viaje que les acabo de comentar, pasamos por Escárcega, como a las 5 de la tarde, más adelante, cuando empezaba a oscurecer, de pronto vi ante mí una parvada de pájaros que empezaban a revolotear, quedándose atorada uno de ellos entre el brazo del limpiador y el parabrisas, llegando a la gasolinera que está en Xpujil, cuando la quise desatorar, resulta que era un murciélago, tomé un desarmador y el cuerpo se hacía como gelatina y se empezó a desangrar, bueno, total que ante tal espectáculo, mejor opté por pedirle al chavo que me estaba reabasteciendo combustible que mejor lo hiciera él, “no se preocupe, ahorita le lavo bien el “panorámico”, -así les dicen por allá a los parabrisas-.
En nuestro México tenemos aves, tales como los loros, quetzales, tucanes y desde luego, aves rapaces, muchas de ellas en peligro de extinción, las verdes extensiones de nuestro trópico son salvajes y enigmáticas, vigilan a una gran cantidad de fauna que habita en las alturas de los árboles, los loros -yo tuve uno chiapaneco, que se llamaba “Lorenzo”- y tenía lengua de alvaradeño, de cómo hablaba, al principio comía chile verde, después ya no lo quería, sino que pedía salsa, cada vez que me sentaba a comer, -le tenía que dar de lo que yo comiera-, el mango que se le daba cuando era temporada, tenía que ser de manila, porque si le daba uno de otro, lo tiraba, “boxeaba” conmigo, -sacaba la cabeza de la jaula y yo hacía como que le pegaba, cuando me llegaba a agarrar con el pico, sin lastimarme, me lo enterraba y soltaba la carcajada, era bien “cotorro”-.
Por lo general, son de vistoso plumaje y dan un sonido característico en nuestras selvas mexicanas, la humedad, el calor y la vegetación que existe, hacen que nunca les falte el alimento, son unos acróbatas alados que descienden a las partes bajas de la selva para alimentarse de frutos maduros caídos de los árboles, volando entre las ramas, con la ayuda de sus fuertes patas y picos.
Cuando fuimos a Palenque, nos hospedamos en un hotel que se llama “Nututun”, está a la orilla del río que lleva su nombre, las mañanas se colman de gritos desordenados que provienen de los árboles, algunos trinos agudos, otros roncos graznidos que están en parvadas o en parejas y se ven volar en busca -quizás- de alimento, el ruidero que hacen es ensordecedor, vi como un plátano, por ejemplo, se lo arrebatan unas a otras.
Al atardecer, lo mismo, vienen de regreso con su escándalo, ya para descansar, vimos a las primas de los loros, unas guacamayas, son muy parecidos en todos sus miembros, pero distintas a las demás aves, por lo cual difícilmente se les llega a confundir con otras especies, son robustas, de cabeza grande, pico fuerte y excesivamente escandalosas, por eso es que a mi esposa -y mi primo Israel Augusto no me dejará mentir- le digo “ya cállate, pareces guacamaya”, jajaja.
Investigando un poco, leí que esas guacamayas llegan a vivir entre 70 y 90 años, por lo que se les considera las campeonas de la longevidad entre las aves, para distinguir a las jóvenes de las viejas, basta con observar los tonos del plumaje, las descoloridas son las jóvenes y las de colores vivos son las viejas.
Para mí, no hay cosa más bonita que ver a las aves en la selva, rodeadas de árboles, de ríos, Catemaco, Huazuntlán, Pajapan, por ejemplo, sin embargo, sin saber de fondo, hay una gran cantidad de especies que prefieren la zona urbana, las grandes ciudades, algunas quizás son residentes permanentes, mientras que otras, probablemente sean migratorias, algunas nativas y otras introducidas de otros países, en la Ciudad de México y sus alrededores por ejemplo, existen alrededor de 400 especies de aves silvestres, que la verdad, yo que ellas mejor me iba de Córdoba hacia abajo.
Bueno apreciables lectores, espero no haberles aburrido con mis “pato-aventuras”, pero es que para mí, no hay cosa más bella que el trópico, a pesar de sus calores húmedos extremos, la verdad, ciudades coloniales no conozco, no me atraen, a pesar de ser parte de las riquezas, que como mexicano, me pertenecen y precisamente hablando de trópico, en este momento que estoy escribiendo, mi amigo Benjamín Rincón, experto conductor de A.D.O., me está mandando un video, desde su casa en Orizaba, en donde se oye el canto de las chicharras, rodeado de exuberante vegetación, video que desafortunadamente no les puedo hacer extensivo, pero que guardo como una preciada joya, hasta la próxima, si el Jefe me da su autorización.



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