EDICIÓN 2444, DE CORRIDITO. . . UN POCO MÁS DEL PASADO...
- 29 abr
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EDICIÓN 2444, DE CORRIDITO. . . UN POCO MÁS DEL PASADO...

¡Qué tal gentiles lectores!, ¿cómo se la están pasando? Ojalá que de lujo, a esta vida hay que verla con optimismo, a pesar de sus vicisitudes, el tiempo no se detiene y quienes nos vamos acabando -día a día- somos nosotros.
En esta ocasión, les voy a platicar un episodio más de la vida de mi papá, de donde se desprende que el rumbo de nuestros destinos puede sufrir cambios inesperados o muchas veces programados, siempre con el fin de -como ser humano- superarse.
Me remontaré a cuando él ya era un adolecente -de 15 años-, estaría hablando de 1944, acababa de terminar la educación primaria, lo cual da lugar a preguntarse en forma automática, ¿y por qué hasta esa edad? Pues bien, sin que suene a justificación, lo que sucedió fue que mi abuelito lo inscribió en una “escuelita” -como se les conocía- pero ésta no tenía ningún reconocimiento oficial, Don Mario Chávez -“Chavetazo”-, dueño de esa escuela, era su amigo y se le hizo fácil decirle que lo llevara para darle clases de matemáticas y gramática, principalmente.
Pasó el tiempo y un amigo de mi abuelito, con buen juicio, le sugirió que lo sacara de esa “escuelita” porque si bien es cierto que estaba aprendiendo bastante, sus estudios no tenían validez oficial, que prácticamente lo estaba haciendo perder el tiempo, le dijo que como trabajador petrolero, tenía todo el derecho para inscribirlo en la escuela que Pemex tenía para los hijos de sus trabajadores.
Mi abuelito, un hombre bueno, noble pero de escasa preparación, dudaba que en esa escuela pudieran aceptar al hijo de un obrero, pero haciendo caso a su amigo e impulsado por el deseo de ver superarse a mi papá, fueron juntos a presentarse a la escuela “Artículo 123” -para hijos de trabajadores petroleros-, cuya ubicación estaba dentro de la colonia “Primero de Mayo”, para empleados de confianza.
Ya estando ahí y una vez expuesta a la directora la situación de mi papá por parte de mi abuelito, lo aceptó, a pesar de que el año lectivo ya había dado inicio en septiembre y estaban en diciembre, claro, previo examen de conocimientos generales, para ver en qué grado pudieran acomodarlo.
“A ver, Lino, dime, ¿sabes que es una isla? ¿Sabes qué es un lago? ¿Sabes cuál es la capital de nuestro Estado? ¿Cuándo se inicio la lucha de nuestra independencia? Mi papá se quedó mudo, desconocía las respuestas, la maestra hizo un movimiento de cabeza negativo y ya por compromiso pasó al área de los números, sumó restó, multiplicó, dividió, sacó raíz cuadrada, regla de 3, sumó, restó multiplicó y dividió quebrados.
“Señor Rodríguez, pues dónde ha tenido usted a su niño durante todo este tiempo? (Tenía 11 años) Por lo que sabe de aritmética, ya debió haber terminado su primaria, pero desafortunadamente vamos a tener que colocarlo en un nivel intermedio, irá a tercero y su maestro será el Profr. Gonzalo Rusell.
Cuando iba en sexto -a principios de enero de 1945- hubo una convocatoria de la entonces Secretaría de Agricultura, invitando a los niños con primaria a formar un grupo para ir a una escuela de agricultura e iniciar formación para quienes tuvieran la visión de estudiar la carrera de Ingeniería Agrónoma.
Me comentaba que algunos compañeros de su grupo lo dudaron pero él y otros de sus amigos convencieron a sus papás para que los dejaran ir y en el caso de mi papá, se lanzó a la aventura, sin saber lo que significaría en el futuro de su existencia, y aún cuando era enero y todavía no se terminaba el ciclo escolar, la escuela habilitó a quienes iban a partir, como si ya hubieran terminado el sexto grado.
Se hicieron los trámites de rigor y en una junta los maestros explicaron a los padres que irían a una escuela práctica de agricultura en el Estado de Puebla y que esa convocatoria iba dirigida más bien a los hijos de campesinos, pero que no tenían objeción en hacerla extensiva a los alumnos de dicha escuela, lo cual levantó suspicacia en mi abuelito, por el tipo de plantel al que irían, por lo que le dijo a mi papá que si por cualquier circunstancia no estuviese bien, le avisara e inmediatamente iría por él.
Así las cosas, y con su espíritu aventurero, una mañana de febrero de 1945, a las 6:00 horas, tomaron el trenecito que salía de por donde hoy está el Parquecito Hidalgo, que los llevaría a Hibueras, por primera vez sintió el temor de alejarse de sus padres, algo le decía que nunca volvería a ser el hijo que pudo haber seguido creciendo bajo la protección de quienes le dieron el ser.
Como chamacos, propio de su edad, el viaje transcurrió entre juegos, bullicios, bromas, pero a medida que se alejaban de su terruño, una incipiente nostalgia empezó a querer hacer estragos en el ánimo de cada uno, el cambio de clima se encargaba de coadyuvar, a medida que se acercaban a su destino, el frío que empezaban a sentir cada vez era más intenso, llegaron a Atlixco y después de unos 10 kilómetros, a su destino final, pensaron que el recibimiento sería como cuando los fueron a despedir -hasta con música- allá en Mina, aquí solo una persona, que parecía gendarme, preguntándoles si eran ellos los que procedían de Minatitlán, al contestarle que sí, les pidió que lo siguieran y entre veredas, como a medio kilómetro, llegaron a Champusco.
Nunca se imaginaron que irían a una escuela de tipo militar, les hicieron hacer honores a la Bandera y después de varias arengas en cuanto a disciplina se refiere, el Director ordenó que se les diera de cenar y que luego les indicarían dónde iban a dormir, se les asignó una camita que casi rozaba el piso y un cobertor que parecía radiografía, ya que se transparentaba, de lo delgado que estaba, afortunadamente ellos llevaban el suyo.
Acostumbrados a otra forma de vida y al ver que no era lo que habían creído, mi papá y sus compañeros tuvieron que acatar las reglas de disciplina, entre ellas escuchar el toque militar para levantarse, vestirse, tender la cama, lavarse la cara y estar formados antes de que termine el último acorde de la diana. Así transcurrieron varias semanas, mi papá tomaba clases teóricas y prácticas, que en realidad eran labores de cualquier jornalero, no se adaptaba, un día, cuando le tocó estar en la panadería, se puso de acuerdo con sus cuates, cuando salía el pan, agachado se los pasaba por un lado de la puerta para que se los llevaran a esconder a sus camas y comérselos después, en una de esas, dice que vio un par de zapatos, más arriba un delantal blanco y por último la cara del maestro panadero con los brazos cruzados, no quedándole otra que ofrecerle la mejor de sus sonrisas, así como cuando el gato Tom le cae en la maroma al ratón Jerry, fin de semana arrestado, y así fue acumulando arrestos con la convicción de que no estaba a gusto ahí.
Una noche, cuando ya todos estaban acostados, otro “maloso” y mi papá, fueron hasta donde estaba un compañero durmiendo, con la mano abierta, lentamente se la pusieron en el pecho y con voz muy baja, mi papá le dijo al oído: “¡levántate, ya está terminando la diana, párate!”, cuando vieron que se empezó a mover, corrieron hacia sus camas para observarlo, vieron como se levantó y empezó a vestirse, pero repentinamente vuelve en sí y vio que todos “estaban durmiendo” y que todo había sido una broma, netamente estudiantil, sin decir palabra barrió a todos con la vista, como queriendo adivinar quien había sido el gracioso, se volvió a acostar, de pronto se incorporó y a grito abierto empezó a sacudirles enérgicamente el árbol genealógico a todos en general.
El tiempo siguió transcurriendo, mi abuelito le envió a mi papá otro “giro”, se lo hicieron efectivo, pero para ese entonces ya había perdido la cuenta de los arrestos que había acumulado, por lo que no interesándole, se escabulló un domingo hacia la carretera para abordar un autobús, para irse a Atlixco, dice que más tardó en subirse, que el maestro en notar su ausencia, por lo que le tocó un plantón en el asta-bandera, a partir de ese día aplicó la filosofía que tantas satisfacciones le brindó cuando vivía con mis abuelitos: “Sé feliz hoy, mañana y siempre que la vida te dé la oportunidad de serlo”.
Cando regresó por la tarde, llegó tratando de no ser visto, pero ya lo estaba esperando una comitiva para llevarlo ante el profesor de guardia. Otro arresto.
Ya estando en abril, mi papá de plano se sentía un ser coartado de su libertad, por lo que estaba consciente de que ya no iba a durar mucho en ese lugar, revelándose a la disciplina. Una vez estando en el comedor, el cucharón con alimento no llegó al plato, vino la inmediata respuesta en forma de codazo, ruedan por el piso el cucharón y la cacerola con el guisado, inician los empujones y empiezan a volar los bolillos, platos y cucharas, cuando llegaron los maestros, todo eso estaba convertido en una batalla campal, no pudieron hacer nada y después de mucho rato, el disturbio se fue terminando -poco a poco- pero no porque hayan llegado los maestros, sino porque ya no había proyectiles que lanzar por los aires.
El castigo fue ejemplar, los distribuyeron en grupos para que, por las noches, después de la cena, permanecieran en el agua gélida, abriendo brechas para que los canales que pasaban a los lados, regaran los sembradíos.
El hecho ocurrido en el comedor, desde una óptica subjetiva y sin que suene a justificación, es debido a que todo ser racional o irracional, cuando se ve coartado de ejercer la libertad con que nace, siente en su interior la imperiosa necesidad de rebelarse, tal vez este sentimiento impulsó a mi papá y a sus compañeros a comportarse de esa forma, de mi papá, no abrigo ninguna duda.
El cambio de clima para mi papá fue brutal, aunado a este último castigo, sucumbió a los embates de una fuerte gripe, por lo cual le escribió a mi abuelito para que fuera por él, hecho lo cual, después de los trámites de rigor, un 4 de mayo fue por él y se dirigieron a la carretera, volteó la mirada y por última vez observó el lugar que después de todo y en poco tiempo, le enseñó muchas cosas, que él ignoraba de la vida.





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