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EDICIÓN 2443, DE CORRIDITO. . . NADA QUE VER CON LO ACTUAL…

  • 22 abr
  • 7 min de lectura

EDICIÓN 2443, DE CORRIDITO. . . NADA QUE VER CON LO ACTUAL…

Apreciables lectores, espero se encuentren bien y que la estén pasando mejor con estos sabrosos calorcitos que serán aderezados por las consabidas “olas de calor”, de aquí hasta agosto o septiembre, ¡ánimo!

En esta ocasión deseo platicarles un poco de las remembranzas, anécdotas y “pato-aventuras” de mi papá, que dejó escritas en el libro de su vida y que muchas veces, por tratarse de una persona de 85 años, me recordaba innumerables veces, ocasiones que siempre lo escuché con profundo respeto, imagínense si no voy a recordar tantas cosas, si un servidor fue quien le hizo los “borradores” con quién sabe cuántas modificaciones, cambios, correcciones y demás.

El episodio que les contaré, data del año 1937, en el que me platicó que el ciclo vacacional de mi abuelito en el trabajo era a fines de mayo, por lo que en esa ocasión les dijo a mi abuelita y a él que irían a México, a visitar a su tía Lydia (hermana de mi abuelita), a su esposo y a sus dos hijas, Chabela y Lucha, -actualmente viven- (su hermana se casó con un alvaradeño que trabajaba en Pemex, aquí en Mina, firmó su planta en México, razón por la cual se tuvieron que ir a radicar a esa ciudad).

Pues bien, ya que el viaje sería por tren y tendrían que salir muy temprano, en la fecha planeada, se dirigieron a la “estación”, que quedaba cerca de la casa -donde hoy se encuentra el parquecito Hidalgo- en la que abordaban un servicio de ferrocarril proporcionado por Pemex, que los llevaba hasta la estación de Hibueras, distante a unos 10 Km de Mina, donde esperaban el tren que recorría el istmo, desde Puerto México hasta Salina Cruz y mientras llegaba el tren, se iban a desayunar gorditas de elote, empanadas y café con leche.

Al poco rato, vieron que se acercaba una gran mole negra, haciendo sonar el silbato, anunciando su llegada, momento en que se suben a uno de los vagones y considerando que provenía de Puerto México, prácticamente venía lleno, principalmente de bultos y más bultos, que llevaban las “paisanas” vestidas de huipil y enaguas multicolores, pertenecientes al istmo oaxaqueño, obstruyendo prácticamente todo el pasillo del vagón, los portabultos y por supuesto, ocupando todos los asientos. Total, era parte de la diversión, pasaban Chinameca, donde hasta la fecha se ofrece carne y longaniza ahumada con leña de encino verde, fama reconocida en toda la región, por su exquisitez; Jáltipan, donde ofrecían alfajores de maíz molido, Texistepec y Almagres, lugares en donde casi no había movimiento ni nada que ver, El Juile, estación bullanguera, porque una vez que el tren se detenía, las vendedoras ofrecían tacos de carne de venado, la mercancía por excelencia de ese lugar y si la duda llegare a saltar a la mente en cuanto a la autenticidad de la carne de sus tacos, solamente teniendo un criadero no podrían extinguirse esos ágiles cuadrúpedos, lo cierto es que con una mano les mostraban a los clientes el rabo del pobre cérvido, para convencerlos de la veracidad de lo que pregonaban y de la autenticidad del alimento que iban a comprar, lo cierto es que esos “taco e carne e venao” me contaba mi papá, eran una sabrosura, ya que estaban acompañados de cebollín y salsa de chile habanero. Continuron su trayectoria hacia Medias Aguas y Súchil, para finalmente llegar a Santa Lucrecia, alrededor de las 12 del día, que era un pueblito que servía de cruce ferroviario entre el tren que atraviesa el istmo y el que venía de Tapachula hacia Veracruz, no había prácticamente nada, solo unas cuantas casas, vías, la estación del tren y 2 hoteles, ellos se quedaron en uno, que se llamaba “Xochimilco”, al menos ahí se podían bañar, al cabo solo era por una noche.

Ya por la tarde, se acomodaron en los bancos de un puestecito para comer empanadas, garnachas y café con leche, viendo como hacían movimiento los furgones, se fueron a dormir para al otro día -muy temprano- abordar el tren que venía de Tapachula, les informaron que a partir de las 6 podrían abordar un vagón exclusivo para quienes iban a subir ahí y que en cuanto llegara el tren lo engancharían.

Así lo hicieron, se acomodaron y a las 6:30 oyeron el silbato del tren que avisaba su llegada, realizaron varios movimientos de vagones, hasta quedar enganchado en el que se encontraban, a partir de ahí, se fueron cómodamente sentados hasta Veracruz, pasando por Achotal y Juanita, más adelante, el maquinista les anuncia: “¡Rodríguez Clara, tiempo para desayunar!”, en ese lugar mi papá tenía unas tías -por parte de su abuelita paterna-, dueñas del hotel “El Mexicano”, con un restorán en la planta baja, pegado a la estación del tren, por lo que de una manera sutil -nada suspicaz, para nada, ¿eh?- tomando en cuenta que eran las 9 de la mañana, mi papá le sugirió si iban a visitar a sus tías (primas de mi abuelito) y ante propuesta tan convincente, que se bajan y dejan a mi abuelita cuidando sus cosas, fue enorme la sorpresa de ellas al verlos de pronto: “¡Carmen, mi’jo, que alegría verlos!, ¿a dónde van, a Veracruz, a México?”. Después de un fuerte abrazo y frases de rigor que se acostumbran en esas circunstancias, llamaron a una de sus cocineras para que de inmediato les prepararan un desayuno, presurosas les envuelven todo y después de despedirse cariñosamente los “corrieron” para que no los fuera a dejar el tren.

Apenas estaban subiendo el estribo del vagón cuando escucharon el tañido de la campana, precursora del silbato de la locomotora, anunciando su partida.

Me platicaba mi papá que una vez instalados en sus asientos, procedieron a hacerle los honores al desayuno que les habían preparado: bisteces, “balas” (frijoles), plátanos fritos, discos (tortillas), desayunando “más o menos”, para guardar para la cena, disponiéndose a disfrutar del viaje, pasando por Isla y Villa Azueta, deteniéndose momentáneamente en Loma Bonita, comprando únicamente una piña, porque si llevaban más, aparte del peso, se descompondrían fácilmente por el calor, más tarde arribaron a Tres Valles y luego a Tierra Blanca, tiempo para comer, donde se “echaron” unas enchiladas ofrecidas por las ventanillas por sus vendedoras, el calor era tal, que el mismísimo diablo se cimbraba, era algo insoportable (y hasta la fecha, qué lugar tan caluroso, lo mismo otro cerca de ahí que se llama Temazcal, donde hay una presa y que ya pertenece al Estado de Oaxaca).

Continuaron su viaje, pasando por Joachín, Piedras Negras, Paso del Toro, Medellín y finalmente Veracruz.

Cuando llegaron a la estación, mi papá vio que ya los estaba esperando un tren en una de las vías adyacentes, mi abuelito le comentó que ese era el Interoceánico nocturno, al que transbordaban quienes deseaban llegar a México al día siguiente por la mañana, que se iba por Xalapa, pero que ellos se irían en “El Mexicano”, al día siguiente, para disfrutar el viaje de día, ese tren se iba por Córdoba, de manera que se instalaron en un hotel cercano y se pusieron a cenar parte de lo que habían guardado del desayuno que les prepararon las tías en Rodríguez Clara.

Al día siguiente, muy temprano se dirigieron a la estación para comprar los boletos a México y en punto de las 8 de la mañana inició su trayecto, pasando por Paso de Ovejas, Villa Cardel, Paso del Macho, hasta llegar a Córdoba, notando mi papá que se veía una ciudad importante, por el tráfico en las calles por donde iba pasando el tren para llegar a la estación, posteriormente partieron hacia Fortín, donde vendían gardenias adentro de un pedazo del tallo de la planta del plátano, más adelante llegaron a Orizaba, que al igual que Córdoba, es ciudad bastante grande.

Ahí el tren se detuvo por completo y observaron un movimiento de locomotoras mayor que el normal, había otras distintas que no conocía, que no hacían el ruido de las de vapor y que arriba llevaban algo que conectaba con cables, como si fueran de luz, mi abuelito le comentó que eran máquinas eléctricas, mismas que a partir de ahí los subiría a través de las cumbres de Maltrata, notaron la diferencia entre el jaloneo de la máquina de vapor y la suavidad con que funcionan las eléctricas, observaron que iban avanzando cuesta arriba, así las cosas, llegaron a Río Blanco, Nogales y más adelante Maltrata, en esas alturas, vieron la sierra en todo su esplendor, por un lado el paredón de rocas y del otro, la magnificencia del abismo, pasaron por el puente del Metlac, que en ese entonces era más conocido como “el Puente de la herradura”, desde donde se veía el majestuoso Río Blanco, pasaron varios túneles y cada vez que entraban se encendían las luces de los vagones, hasta llegar a Maltrata, pueblecito enclavado en lo más alto de esas cumbres, que en su honor llevan su nombre. Siguieron su travesía hasta llegar a Esperanza, cerca de las 13 horas, y aunque el sol brillaba, el clima era fresco, nada que ver con el que estaban acostumbrados, las vendedoras -desde las ventanillas- ofreciendo su comida, notando inmediatamente su modo peculiar de hablar, muy distinto al nuestro, comieron todo cuanto se les antojó, haciendo notar que los “tragones” eran ellos 2, ya que mi abuelita siempre fue de mal comer, disfrutaba el viaje para su fuero interno, no lo transmitía, no sonreía, no platicaba, pero nada más, ella así era y así la aceptaban.

Ahí, las máquinas eléctricas, una vez cumplida su misión, los dejaron, para ceder el paso otra vez a la locomotora de vapor, continuaron su viaje hacia Huamantla y a Apizaco, siguieron hacia Apan, el paisaje era árido, con rastrojos expuestos al sol, cuando empezó a caer la tarde, pasaron por Otumba, San Juan Teotihuacán y Texcoco, ya en la noche todos los vagones encendieron sus luces interiores y ya para llegar, pasaron a dejar pasaje a la estación de “La Villa”, reiniciando lentamente su marcha, atravesando calles con muchísimo tráfico, muchos vehículos detenidos con sus luces prendidas, cediéndoles el paso, anuncios luminosos multicolores que encendían y apagaban formando muchas figuras.

Finalmente llegaron a la estación de Buenavista, donde ya los estaba esperando la familia que iban a visitar.

Como habrán visto, antes viajar a la Ciudad de México, era toda una aventura, nada que ver con las autopistas con las que hoy en día contamos, en las que dicho trayecto se recorre en menos de 10 horas, sin detenerse más que a lo estrictamente necesario y a pesar de ello, hay más accidentes que en aquellos tiempos, ver para creer, bueno apreciables lectores, espero no haberles hecho aburrido este viaje que por haberlo escrito de la forma en que lo hice, se me fue el tiempo, como si el viaje lo hubiese hecho en avión, de “volada”, hasta la próxima…


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