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EDICIÓN 2426, EDITORIAL, …Y EN LA TIERRA .

  • 23 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

EDICIÓN 2426, EDITORIAL, …Y EN LA TIERRA .


El mundo cristiano celebra cada año, el 25 de diciembre, el Advenimiento del Hijo del Hombre, con manifestaciones de alegría, de piedad y de amor.

         Este año también celebramos que hace ya más de veinte siglos, del cielo nos enviaron el Regalo más preciado que pueda recibir el ser humano: La auténtica demostración de la enorme grandeza espiritual con que El Creador dotó al hombre; esta Gracia se hizo patente con la llegada de este Niño, que logró que la estrella de la esperanza brillara en el mundo.

         Con el Cristo llegó la renovación del Amor. Con el Cristo llegó la presencia de ese ser cuyas enseñanzas han sido vilipendiadas a cada momento por el hombre.

Afortunadamente para el género humano, la magnificencia del Amor Divino es intrastocable, y a pesar de las constantes muestras de mezquindad y desamor del “homo sapiens”, el sublime ejemplo del Cristo Crucificado perdura como un camino abierto para el tránsito espiritual del hombre.

         Esta Navidad debe ser un momento propicio para reconocer humildemente nuestra pequeñez. Debe ser la parada necesaria de nuestro trajín destructor, en el que hemos derrochado envidias, rencores, cobardías y crueldades.

         Debemos, sin soberbia, tratar de regresar al verdadero camino de la bondad y el amor, sin pretender justificar nuestras agresiones al prójimo y a nosotros mismos, con falsos valores que contravienen las enseñanzas cristianas.

         A cada momento escuchamos torcidas interpretaciones de los derechos que tiene el hombre para disfrutar su libertad, y vemos con tristeza cómo hombres y mujeres se revuelcan, cada vez más, en el fango de los placeres pecaminosos, sin importarles que con ello, destruyan la esencia de la vida.

         Sin embargo, el Amor de Jesús es inconmensurable y aún es tiempo de volver nuestros corazones hacia la brillante estrella de la esperanza y repetir lo que nos enseñó El Maestro: “Padre Nuestro que estás en los cielos”…

 

 

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